Primer capítulo. La Noche Roja


1º CAPÍTULO

1
COSAS EXTRAÑAS

Como casi siempre, por la noche, cuando acabé de
cenar, me fui a la cama. En menos de cinco minutos
estaba dormido. De repente, un extraño ruido me
despertó. Abrí los ojos y todo había cambiado, no sé qué
pasó, pero a partir de ese momento nada volvería a ser igual.
Me sentía raro. El ruido venía del despertador, que marcaba
las siete y veinte de la mañana. Tenía que levantarme. Lo primero
que hice fue ir al baño a cepillarme los dientes y lavarme
la cara. Mi reflejo en el espejo era diferente. Parecía
como si tuviera más músculos, como si estuviera más fuerte.
Aunque mis grandes ojos azules y mi pelo negro azabache seguían
intactos, con mis facciones duras. Pensé que sería porque
acababa de despertar y aún estaba un poco dormido. Me
vestí y bajé corriendo las escaleras, Natalia estaría a punto de
venir a recogerme para irnos juntos al instituto. Casi no llegué
a ver a mi hermana pequeña, de ocho años. Era bajita, delgada,
rubia y con los ojos muy azules. Tenía un carácter un
tanto extraño. Siempre se estaba burlando de mí sin ninguna
razón. Era muy silenciosa y a veces llegaba a asustarme.
Cuando llegué a la puerta, allí estaba Natalia. Junto con Javier,
eran mis dos mejores amigos. Nos conocíamos desde siempre.
Era alta, morena y tenía los ojos verdes, aunque ahora
eran de un verde que parecía tóxico. Me miró con los ojos
abiertos de par en par, aunque recobró la compostura y
me preguntó:
—¿Nos ponemos en marcha?
—Claro. Hoy no has llegado tarde —le dije.
—No, es como un milagro, ¿verdad? —contestó con una
sonrisa tensa.
Nos fuimos hacia el instituto. Tendríamos unos veinte minutos
de trayecto, pero llegamos en cinco. Me llamó la atención
que al cruzar todo el mundo nos mirara, cuchicheando. Natalia
avanzaba rápidamente, me costaba seguirle el ritmo. Entramos
y vimos a Javier, que se dirigía hacia nosotros. Era alto, rubio
y con los ojos verdes, no muy destacable en ninguna asignatura.
También era sincero y muy impulsivo, aunque buena persona.
Estaba un poco nervioso. Le temblaban las manos.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Natalia.
—¡Callaos! —gritó Javier, pero no se dirigía ni a mí ni a
Natalia.
Cuando se dio cuenta de que había gritado se puso aún
más nervioso.
—¿Qué pasa? —dije.
—Pues… no lo sé muy bien. Esta mañana al despertar no
me sentía igual que siempre. Podía oír miles de voces. La de
mi padre, la de mi madre…, incluso oía a la perra. Ahora oigo
las voces de todos. Así no puedo vivir, me voy a volver loco.
Era algo parecido a lo que me había pasado a mí. ¿Nos habríamos
vuelto chiflados?
—No —me dijo Javier.
¿Lo había dicho en voz alta?
—Tampoco —dijo él.
—¿Qué? —preguntó Natalia, que ya estaba interesada en
la conversación—. A mí esta mañana me ha pasado lo mismo.

No oía voces, pero iba mucho más rápida. Normalmente
tardo una hora en arreglarme y hoy he tardado menos de
diez minutos. Me encuentro muy extraña desde ayer por la
tarde, cuando fuimos de excursión al lago. Nos debe haber
pasado algo allí, seguro.
—Yo hace un rato casi rompo la puerta de mi habitación
al abrirla —dije sin darle importancia—. Mi hermana me ha
mostrado respeto por primera vez.
Antes de que alguien pudiera decir nada sonó la campana
que indicaba el comienzo de las clases y de un largo día.